Un diario tiende a crear a la persona en lugar de que la persona cree un diario. Al principio suena al revés: parece lógico pensar que la persona viene primero, y que el diario es solo el lugar donde después se anota lo que ya existe. Pero no funciona exactamente así. Un diario no es un recipiente pasivo que se llena con lo que ya eres. El acto de escribir en él da forma a lo que aparece, a lo que se nota, a lo que termina formando parte de cómo te ves a ti mismo.
Este no es un artículo sobre cómo escribir un diario correctamente. No existe una forma correcta, y eso está más cerca del punto central de lo que parece. Es un artículo sobre qué es realmente esta práctica: qué te pide, qué te da a cambio, y por qué algo tan simple resulta ser más difícil, y más interesante, de lo que parece.
No existe un plan que seguir
Escribir un diario construye una vida desde el exterior, y no tiene por qué estar basado en un plan. Sin formato obligatorio, sin frecuencia mínima, sin tema que tengas que tratar. Puedes escribir un párrafo o una sola línea. Puedes escribir todos los días durante un año y luego nada durante tres meses. Puedes escribir sobre lo que ha pasado, o sobre nada en particular, o sobre algo que has notado y que todavía no sabes explicar.
Para quien está acostumbrado a estructuras más definidas (listas de tareas, seguimiento de hábitos, rachas, sistemas con reglas), esto puede resultar desconcertante al principio: no hay un marco que encontrar, y buscarlo suele estorbar más que ayudar.
Esa ausencia de plan no es un hueco que haya que rellenar. Es parte de lo que hace que funcione el diario. En el momento en que un diario tiene que seguir un formato (una plantilla o una cuota diaria), deja de ser un diario y se convierte en un ejercicio. La escritura empieza a estar al servicio de la forma, en lugar de al revés.
La única condición real es la honestidad. Suena a un listón bajo, más bajo que una racha, más bajo que un número de palabras, pero precisamente por ser la única condición, cumplirla es más difícil de lo que parece.
Lo que hace el acto de escribir
Es fácil pensar que la entrada de un diario es lo importante: algo que produces y que queda ahí después, como un registro. Pero la entrada es, sobre todo, un subproducto. Lo que de verdad importa ocurre mientras escribes, no después.
El pensamiento, por sí solo, va rápido y se queda vago. Una idea puede sentirse completa sin haber sido examinada nunca, porque nada la obliga a quedarse quieta. Escribir sí lo hace. Poner algo en palabras (palabras concretas, en un orden, sobre una página) ralentiza ese pensamiento lo suficiente como para poder mirarlo de verdad. Lo que parecía resuelto resulta tener huecos. Lo que parecía un solo sentimiento resulta ser dos, tirando en direcciones distintas. Escribir tus cosas cambia tu forma de pensar, no solo lo que recuerdas, y esto es la mayor parte de cómo se siente ese cambio desde dentro.
Ya sea por la noche, cuando las cosas están tranquilas, o a cualquier hora entre el bullicio del día, el momento en sí no importa demasiado. Lo que importa es la atención que le pones: si de verdad estás mirando lo que escribes, o si solo estás moviendo un bolígrafo (o los dedos) sobre un registro de un día que ya pasó en otra parte, en tu cabeza, sin ti.
La relación que estás formando contigo mismo
Un diario que se mantiene con el tiempo deja de ser solo un registro y se convierte en algo más parecido a una conversación, no con otra persona, sino entre versiones de ti mismo. La persona que escribe esta noche y la persona que lea esta entrada dentro de un año no son exactamente la misma persona, aunque compartan nombre, diario y la mayoría de los recuerdos.
Ahí, en esa distancia, está buena parte del valor. Al releer, encontrarás cosas que habías olvidado por completo: opiniones que ya no sostienes, preocupaciones que al final no fueron nada, o discusiones contigo mismo que ni recuerdas haber empezado. Parte de ello resultará incómodo. Parte de ello resultará divertido. Podemos llegar a encontrarnos más interesantes, o descubrir que realmente somos tan insoportables como pensábamos, y a menudo, un poco de las dos cosas a la vez, incluso en la misma entrada.
Este tipo de continuidad (poder volver atrás y encontrarte de verdad con una versión anterior de ti mismo sobre el papel, no solo recordar que existió) es poco habitual. La memoria se reorganiza constantemente, casi siempre para que parezcamos más coherentes de lo que fuimos. Un diario no hace eso. Se queda ahí, diciendo lo que realmente dijiste en su momento, lo cual a veces es un regalo y a veces un inconveniente.
Si esta idea (lo que significa estar de verdad en este tipo de relación con tu propia escritura) es algo en lo que quieres profundizar, ¿eres un diarista? va más allá.
La honestidad es la única técnica
Si llevar un diario tiene algo parecido a una técnica, es esta: escribir con honestidad. No honestidad como valor moral al que aspirar, sino honestidad como condición práctica, de la misma forma que un microscopio necesita una lente limpia. Un diario escrito para impresionar, o como si algún día pudiera ser leído, o para sonar como alguien reflexivo, produce entradas que parecen lo real sin serlo. Nada en ellas revela nada, porque nada en ellas se escribió para ser revelado.
Lo difícil es que esto ocurre incluso cuando nadie va a leerlo. Hay un hábito, formado durante años, de presentarse de cierta manera, y no se apaga solo porque la página sea privada. Es perfectamente posible escribir algo que suene reflexivo y consciente de uno mismo mientras se evita con cuidado lo que de verdad está pasando.
Darte cuenta de eso (pillarte a media actuación, incluso en privado) y escribir de todos modos la versión menos pulida que hay debajo, es donde llevar un diario empieza a servir para algo. Cuando es difícil encontrar esa versión por tu cuenta, un conjunto de preguntas puede ayudar al hacer una pregunta más concreta que “cómo te ha ido el día”, que a menudo es demasiado amplia como para superar la actuación.
Lo que produce una práctica con el tiempo
Nada de esto produce resultados en el sentido habitual de la palabra. No hay un momento en el que llevar un diario “funcione” y sientas el efecto directamente, como pasa con el ejercicio o el sueño. Lo que produce se parece más a un sedimento: capas que se acumulan despacio, de una forma que apenas se nota mientras ocurre.
Una sola entrada no te da claridad. Lo que te da es material: un registro honesto de dónde estabas, qué notaste, qué estabas procesando, en un momento concreto. La claridad llega después, y llega de tener ese material al que volver, no de ningún momento concreto de escribirlo. La conexión entre tus entradas pasadas y presentes es donde esto se hace visible, no en una sola entrada, sino en lo que aparece cuando lees varias juntas.
Por esto llevar un diario recompensa la paciencia. La versión de la práctica que parece improductiva (unas pocas líneas, la mayoría de los días, sobre nada en particular) suele ser la que en silencio está haciendo más.
Un diario tiende a crear a la persona en lugar de que la persona cree un diario, no porque escribir te cambie por sí solo, en algún sentido mágico, sino porque la atención sostenida y honesta a tu propia experiencia cambia, despacio, cómo te relacionas contigo mismo. Esa relación es lo que se va construyendo, entrada a entrada, mucho más que cualquier página concreta.
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